Elisa Díaz, escritora mexicana: “La literatura y la ciencia tienen una forma de acercarse a lo desconocido”

es una fotografía de una mujer con pelo largo acomodado hacia un costado

Elisa Díaz, escritora mexicana: “La literatura y la ciencia tienen una forma de acercarse a lo desconocido”

El encuentro entre ciencia y literatura puede parecer extraño, pero no para esta escritora. En esta conversación nos aproximamos a su mundo, de límites literarios tan infinitos como el mismo universo.

A los 13 años y siendo una ávida lectora, Elisa Díaz Castelo (Ciudad de México, 1986) comenzó a escribir sus primeros poemas. “Ni siquiera lo tildaba como poesía, simplemente hacía estos ejercicios en verso, pero no pensaba que tuvieran valor para nadie más”, comenta. Díaz demoró hasta sus 25 para empezar a publicar.

Luego de estudiar Letras Inglesas en la Universidad Nacional Autónoma de México, Elisa ingresó a una maestría en Escritura Creativa de la Universidad de Nueva York gracias a una beca Fulbright. Fue con esa validación y luego de animarse a participar en un taller literario, que decidió adentrarse por completo en la escritura.

Así, publicó su primer poemario Principia (2017), donde disciplinas como la biología, la cosmología y la astrofísica toman espacio. En 2020 lanza El reino de lo no lineal, donde vuelve a resurgir la ciencia como gran temática en su prosa. Entonces vino Proyecto Manhattan (2021), donde aparece el rol de las mujeres involucradas en la creación de la bomba atómica durante la Segunda Guerra Mundial. Hasta llegar a la narrativa con El libro de las costumbres rojas (2023), un conjunto de cuentos, y Malacría (2025), su primera novela.

Desde su hogar en Ciudad de México, y en medio de una crisis mundial que llena la contingencia, se detiene un momento a conversar con nosotras sobre su escritura. “No estoy segura de qué tan útil sea la escritura en estos momentos”, desliza con lamento. Y es que, ¿cuál es el rol de la poesía y las novelas en tiempos convulsos? Su primer instinto es la duda y, tal como en la ciencia, se abre a indagar desde esos encuentros infinitos mundos posibles.

¿A qué se debe esa demora en empezar a publicar tus escritos?

Tardé años porque me daba timidez y me hacía sentir muy vulnerable. Atribuyo mi inseguridad, parcialmente, a una cuestión de personalidad, pero sin duda también está atravesada por el género. Estudié Letras Inglesas y leímos a muchísimos escritores, pero dentro de todos, recuerdo sólo a una mujer. No me tocó ni siquiera estudiar a Emily Dickinson. Es muy peculiar la relación que se crea con la literatura si estás expuesta a escritura hecha por personas muy distintas a ti.

¿Cómo nace el acercamiento de la ciencia con tu escritura?

Me interesa el discurso de la ciencia desde hace años. Tiene que ver, en parte, con que mis padres son médicos y estuve expuesta desde pequeña a ese lenguaje. Por otro lado, tengo una fascinación con el espacio exterior y me interesó ese costado más filosófico que plantea la cosmología. El estudio del espacio a gran escala plantea preguntas sobre la naturaleza del tiempo así como del principio y final del universo. Acercarse a esos temas desde la poesía me parece adecuado, son temas que ya se trataron en la poesía en una época temprana, en los mitos, las leyendas, etc. Son las mismas preguntas, pero contestadas de otro modo o con otras herramientas.

¿Cuál es el vínculo que puede haber entre ciencia y poesía?

Tanto la literatura, y en general las artes, como la ciencia tienen una apertura, una forma de acercarse a lo desconocido. Ambas habitan esa frontera entre lo que conocemos y lo que desconocemos y no tienen miedo de detenerse ahí en el borde. Además, la cosmología y la poesía comparten otra peculiaridad. La primera con frecuencia se pregunta por fenómenos excepcionales, perturbadores, que suceden en el universo, como la existencia de los agujeros negros, el horizonte de eventos, la gravedad cuántica o la velocidad de la luz y su relación con el espacio. Son condiciones donde las leyes del espacio-tiempo, las mismas que rigen el paisaje más doméstico de nuestra vida diaria, se llevan a un extremo y, en ocasiones, se colapsan. En la poesía sucede algo equivalente. Su lógica, su búsqueda, somete al lenguaje a tal nivel de presión que lo lleva hasta un punto de quiebre. En la poesía, el lenguaje habla de otro modo. No obedece sus propias reglas. Su densidad es otra.

¿Qué crees que pueden ofrecer los feminismos a las ciencias?

Debido a la naturaleza misma del pensamiento científico, a la importancia de los datos duros, las cifras y la búsqueda de la objetividad, su mundo puede prestarse fácilmente a una estructura muy jerárquica, en especial en el medio académico y experimental. Creo que los feminismos se aproximan de otra manera a la noción de “comunidad” que podría ayudar a humanizar un poco más el mundo científico, que es a veces tan arduo, tan frío y tan carente de empatía.

¿De qué manera el lenguaje poético puede influir en el lenguaje de la ciencia?

El lenguaje poético está presente de muchas maneras en el pensamiento científico. Al bautizar fenómenos inusuales del espacio exterior, los científicos participan, quizá sin estar del todo conscientes de ello, del uso de la metáfora. En mi primer libro, Principia, me interesaba acercarme a una serie de metáforas planteadas por la ciencia y explorarlas desde la intimidad, volver a cargar esas ideas científicas de empatía y de emoción.

¿Crees que la elasticidad de la palabra, propia de tu trabajo como escritora y traductora, se vincula con la inclusión de la ciencia en tu obra?

Me interesa mucho la literatura que mira más allá de las fronteras artificiales que establecen los géneros literarios e incluye lenguajes que en apariencia son ajenos a lo literario. Toda escritura es, finalmente, un ejercicio de traducción. Mi relación con la palabra está signada por el deseo de mirar más allá de las fronteras de un lenguaje para descubrir otro. Me refiero a esto de forma literal con el tema de la traducción, pero también con respecto a los distintos modos o tonos que pueden coexistir dentro de un mismo lenguaje.

En Proyecto Manhattan abordas el rol de las mujeres en la creación de la bomba atómica. Dado que se está hablando de desastres nucleares, ¿cuál crees que es el papel de la poesía?

Al inicio quería escribir un libro sobre los científicos que crearon la bomba atómica preguntándome por la cuestión ética de decidir construirla. Sin embargo, en el curso de la escritura fui descubriendo una serie de personajes femeninos que me parecieron mucho más fascinantes, así que decidí enfocarme en el tema del género, de la clase y la explotación laboral. Escribí de estas mujeres que fueron contratadas muy jóvenes, muchas de ellas adolescentes, a las que no se les dijo qué estaban haciendo. Sabían que estaban apoyando el esfuerzo de la guerra, pero no sabían de qué forma. Lo que hacían era aislar el uranio que se usaría más tarde en las bombas de Hiroshima y Nagasaki. En esa línea, y pensando en la actualidad, creo que la poesía es una ruta posible hacia la empatía puesto que nos obliga a imaginar vidas totalmente distintas a la nuestra.

Hay una tensión en tu poesía entre las referencias a los ciclos de la naturaleza y los símbolos del catolicismo, ¿cómo se conjugan ciencia y espiritualidad en tu trabajo?

Me interesa mucho el discurso religioso. Me crie como una persona católica y me quedan muy cerca las oraciones y los ritos. Aunque más tarde me distancié de la iglesia, estos ejercicios rituales que emplean a fondo una serie de mecanismos poéticos me llevaron a tomar conciencia del uso del lenguaje. El vínculo entre lenguaje y magia está muy presente en la religión y tal vez por eso me llamaba mucho la atención cuando era pequeña. Un poema, un buen poema, no es tan distinto de un hechizo. Además, tanto la ciencia como la religión parten, como ya mencioné antes, de las mismas preguntas: el principio y el final del universo, la creación del tiempo, el papel de los seres humanos y su relación con su entorno.

¿Qué estás leyendo por estos días y qué autoras nos recomiendas para potenciar el vínculo entre ciencias y feminismos?

Ahorita acabo de leer El cielo de la selva de Elaine Vilar Madruga, autora cubana, que tiene una premisa estremecedora. Es un mundo fantástico donde las mujeres tienen que sacrificar a sus hijos para poder seguir viviendo dentro de la selva. Me gustan mucho Anne Carson, María Negroni, Teddy López Mills, Samantha Schweblin, Inés Arredondo, Rosario Castellanos y Sara Uribe. Wisława Szymborska es una poeta que siempre menciono porque soy fanática de cómo escribe y cómo utiliza el sentido del humor y el ingenio como una herramienta analítica. También Elvis Guerra, poeta, traductor y artesano zapoteca, pueblo originario de México donde hay un tercer género, además del femenino y masculino, que se llama muxe, al que pertenece. Sobre ciencia pienso en Tracy K. Smith, una poeta estadounidense que escribió Vida en Marte, un libro sobre ciencia y la relación con su padre ◊

«Toda escritura es, finalmente, un ejercicio de traducción. Mi relación con la palabra está signada por el deseo de mirar más allá de las fronteras de un lenguaje para descubrir otro».



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