Küyenray Rupayan, joven programadora: “Quiero darle a las niñeces de mi pueblo las mismas oportunidades que tuve yo”

Ilustración de Kuyenray – Retrato digital

Küyenray Rupayan, joven programadora: “Quiero darle a las niñeces de mi pueblo las mismas oportunidades que tuve yo”

A sus 18 años, se dedica a hacer talleres para incentivar la participación de niñas mapuche en el área STEM y participa en diversas agrupaciones enfocadas en juventudes e infancias indígenas. Aunque le cuesta identificarse como feminista, Küyenray reconoce la influencia que han tenido las mujeres de su vida en lo que hace. En esta conversación habla de sus raíces, sus luchas y su futuro.

Küyenyay Rupayan en Girls Takeover, una iniciativa de ONU Mujueres,  para incentivar a las niñas en la participación de toma de decisiones (2024). Foto: @kvmente

Cuando Küyenray Rupayan (2007, Santiago) estaba en el colegio, sus tardes corrían al tiempo de la espera, aguardando por la salida de su madre profesora. Para pasar el rato, se anotaba a todas las actividades extraprogramáticas que encontraba: coro, gimnasia artística, cheerleader y, muchas veces, aquellas que eran “solo para varones”. “Estaba en el taller de fútbol y me aceptaron solo porque era hija de profe”, señala.

En tercero básico, asistió a un taller nuevo, uno de robótica que captó su atención. Durante un año estuvo jugando a construir robots con Legos y descubrió su amor por la programación junto a la Profe Paty, a quien recuerda con cariño. “Me inspiró mucho, porque nunca había visto a una mujer que hiciera robótica”, recuerda. Pero todo terminó abruptamente cuando el espacio fue cancelado por no cumplir la cuota de género. Küyenray era la única mujer.

A pesar de su decepción, la semilla ya estaba sembrada y desde ese momento supo que la programación sería su gran pasión, incluyendo en ello los desafíos que ya empezaban a presentarse. Se daba cuenta de que iba a tener que luchar por lo que quería. Desde la insistencia, fue encontrando otros talleres y espacios donde explorar y crecer junto a su pasión.

A sus 17 años entró a Technovation Girls, un programa internacional sobre programación para niñas, enfocado en los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la ONU. Viendo cómo la pandemia del COVID afectaba la salud mental de las juventudes, Küyenray decidió trabajar desde el objetivo de Salud y Bienestar y creó el sitio web Kü Mente, donde reúne conocimientos medicinales mapuche y actividades didácticas. “La idea es motivar a que los jóvenes realicen más actividades que estar solamente en el celular”, explica Küyenray.

En 2024 fue seleccionada nacional en la First Global Challenge, competencia internacional de robótica, y actualmente es mentora del equipo 2025. También es parte de la Asociación de Mujeres Jóvenes por las Ideas (AMUJI) y junto a sus amigas cofundó Wechekeche Ka Itrofillmongen, organización para niñeces y juventudes en defensa del medioambiente y Püchike Kollella, organización de juventudes mapuche para la promoción de los derechos de niñas y niños mapuche.

Dentro de sus referentes, Küyenray menciona a su familia y amigas, “ellas han sido quienes me han guiado en mis aspiraciones”. Su madre, tía y abuela son parte de distintas organizaciones de mujeres indígenas y de defensa del territorio. A sus 18 años, Küyenray continúa programando, haciendo activismo y talleres para potenciar la participación de niñas en STEM y, si bien aún no ha tomado la decisión, sus estudios superiores irían por Ingeniería civil ya sea biomédica o en mecatrónica. Sin embargo, hay otra claridad en su futuro: “Yo sí me veo armando robots de adulta”, dice contoda seguridad.

Tienes este entorno de mujeres que te inspiraron y tu origen en la robótica viene de un sesgo de género, ¿te consideras feminista?

En contexto Abya Yala, mientras las mujeres burguesas luchaban por el derecho a estudiar, por el derecho a voto, las mujeres indígenas estábamos obligadas a trabajar. Mi abuela siempre tuvo que trabajar en casas, esa era la pega de las mujeres indígenas y aún se mantiene así. Desde la teoría feminista, para mí uno de los movimientos importantes es el feminismo comunitario, en especial la Adriana Guzmán. Ella ve, desde lo comunitario, mucho más allá de la violencia hacia las mujeres, mira la violencia en general y cómo se da en una construcción de poder. También considera la memoria ancestral, la defensa de los territorios y la conexión entre cuerpo y territorio, y la violencia que se ejerce contra las mujeres que lo defienden.

Partiste muy chica siendo activista, ¿cómo analizas el hecho de haber partido tan pequeña en un lugar donde tú misma dijiste que no había referentes?

La verdad es que le tengo un rechazo al término “activista”, porque siento que se confunde mucho con influencer. Porque en el área STEM hay una cantidad inmensa de chicas que no buscan divulgar la ciencia, sino que hacerse conocidas. No veo que esos personajes de verdad quieran hacer un cambio en las ciencias desde la práctica. En mi caso, mi participación permite que otras niñas participen realizando talleres y actividades de forma gratuita, por ejemplo, que es algo que no se hace mucho.

¿Cómo ha sido para ti hacerlo desde tan pequeña?

Es difícil, la gente cree que tiene derecho a opinar sobre lo que hago solo porque lo expongo en redes sociales. Entonces, no es algo que diga que lo haga por gusto. Tengo Instagram para dejar evidencia de las cosas que hago, para que otras niñas, y en especial indígenas, puedan ver que podemos hacer grandes cosas. Tengo el respaldo de que lo hago con activistas como mi Ñuke (tía) y mi hermana, que me van guiando. Pero no deja de ser difícil que la gente crea tener derecho a opinar sobre lo que uno hace. “¿Por qué no estás en el colegio? ¿Por qué estás perdiendo el tiempo?”. Y quienes opinan son todos adultos.

¿Has encontrado nuevas referentes en robótica?

Hay muchas, como Ada Lovelace, que es la primera programadora; Grace Hopper, la primera mujer en encontrar un bug en un computador; o Mary Goldarros, que fue la primera mujer ingeniera americana. Pero mi inspiración chilena en robótica es Daniela Sáez. Fue estudiante del Liceo Carmela Carvajal, estuvo en su equipo de robótica y compitió a nivel internacional con un proyecto que era sobre robótica en LEGO para ayudar a las personas ciegas. Esa noticia la vi en el colegio, cuando nos hacían leer el diario para aprender a leer. También tengo a Rocío Sáez y Andrea Arias, que fueron mis mentoras en el Team Chile de robótica. Y Matilde Gaete, que me hizo clases. A las niñas que les hago clases, les digo “miren, ella va a ser la primera astronauta chilena”.

¿Nos recomiendas talleres de robótica para niñas?

Estoy trabajando en Technovation Girls, donde las beginners crean un juego o una animación, las junior y las senior generan aplicaciones y los equipos ganadores se van a Silicon Valley a presentar y competir. First Global es el equipo chileno que compite en la First Global Challenge, que es la Olimpiada Internacional de Robótica más reconocida a nivel mundial. En Chile el equipo es únicamente para mujeres y todos los años se realiza un bootcamp de selección, donde el equipo del año anterior les enseña a las chicas del siguiente.. En 2024 éramos ocho y este año son 12 o 13. También está Niñas Pro, donde enseñan programación y electrónica, y la Escuela de Verano de la Universidad de Chile, donde hacen talleres especiales para niñas sobre ingeniería.

¿Cuál es el gran problema que aún enfrenta la robótica?

Va por un tema de auspicios. Es difícil que se apoye la robótica en Chile porque no somos considerados un deporte todavía. El año pasado como First Global estuvimos insistiendo mucho, mandando correos, hablando con los ministerios de Ciencia y de la Mujer para ver posibilidades de auspicios, porque éramos ocho, pero al final solo pudieron viajar cinco chicas y tres nos quedamos acá. Encontramos algunos auspiciadores, pero era muy difícil, porque la gente no nos tenía fe tampoco.


¿Cuáles son tus próximos desafíos?

Una meta que tengo es realizar talleres solo para niñeces indígenas. Somos muchos, en especial en Santiago, pero quienes podemos participar ya somos pocos, por la falta de espacios y el tema de los trayectos. En Püchike Kollella me gustaría hacer un taller sobre STEM. Quiero potenciar a las niñas indígenas en estos espacios que están muy elitizados, porque es muy difícil poder entrar si uno no viene de un colegio de Las Condes o Vitacura. Son pocas las instancias y yo quiero también poder darle a las niñeces de mi pueblo las mismas oportunidades que tuve yo.



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