La revolucionaria Mafalda 

Ilustración de persona con cabello liso y largo con tes de piel morena.

La revolucionaria Mafalda 

Para Mafalda Galdames, socia fundadora de ANAMURI y coordinadora de la Marcha Mundial de las Mujeres, desafiar el modelo impuesto por la dictadura no ha sido solo un acto político, sino un principio de vida. En esta entrevista comparte cómo la resistencia se ha convertido en su arma contra la violencia, el patriarcado y el extractivismo.

Mafalda Galdames (Santiago, 1952), profesora y autora de (1984), Mujeres bonitas (2010) y Hoy es el tiempo (2018) , comenzó un camino en el activismo desde muy joven. Previo a la Unidad Popular, en un contexto donde las organizaciones estudiantiles no se limitaban a temas educativos sino que abarcaban lo político, social y cultural, Mafalda fue dirigenta de la Federación de Estudiantes Técnicos, Industriales y Comerciales de Chile (FEITECH). Siempre con un trabajo público activo y transversal, fue parte de Talleres Andamios, organización literaria que se reunía como un eje de resistencia contra la dictadura. “Fuimos un actor importante entre los jóvenes, hacíamos lo que en aquella época se llamaba la antesala al trabajo político, que era el trabajo público aglutinando gente en espacios clandestinos”, asegura en esta conversación con Catáloga Colectiva. 

La crudeza del régimen generó una serie de fracturas en su vida, como lo fue el destierro del padre de sus hijos que la obligó a exiliarse en México para reunificar a su familia. En aquel territorio, asegura, comenzó su despertar feminista junto a las compañeras del Frente de Mujeres Chilenas, con las que compartía experiencias de represión politica y violencia patriarcal.

De vuelta en Chile con sus tres hijos, y gracias a una beca de inserción laboral para exiliados y exiliadas, pudo obtener un empleo en la Confederación Campesina. Fue allí donde comenzó su conexión con el trabajo campesino y su activismo se volcó totalmente hacia las mujeres rurales e indígenas. Desde ese espacio y por iniciativa de Mafalda y otra media centena de mujeres que “queríamos tener autonomía y un trabajo político independiente de los compas que siempre nos dejaban de lado a la hora de las decisiones”, nace en 1998 la Asociación Nacional de Mujeres Rurales e Indígenas (ANAMURI). 

¿Por qué sintieron la necesidad de contribuir a la organización de las mujeres rurales e indígenas? 

En ese entonces las mujeres rurales, campesinas e indígenas estaban absolutamente invisibilizadas en las políticas públicas. Por eso empezamos a presionar a las instituciones, porque sentíamos que las mujeres siempre habían sido un aporte en la producción alimentaria del país y no estaban incluidas ni siquiera en las cifras estadísticas, nunca se les consideró como una contribución a la economía y eso era algo urgente y necesario.

Tu experiencia como activista ha sido muy territorial, anclada a ciertos espacios específicos, pero también en diálogo con estructuras internacionales como lo es la Marcha Mundial de las Mujeres. ¿Cómo conversan estas dos dimensiones? 

La integración de las organizaciones desde sus espacios territoriales a estos conglomerados internacionales siempre se ha visto como un factor positivo, porque en ellos hay mucha discusión política y análisis de la situación mundial. No podemos quedarnos solo en lo local porque en el sistema capitalista los procesos están ligados mundialmente. Por ejemplo, uno de los grandes temas que se ha puesto en cuestionamiento es el poder de las transnacionales, cómo se introducen en el mercado e inciden en las políticas públicas. Es muy difícil explicar a las personas por qué Chile ya no cultiva lentejas , trigo , garbanzos y por qué se compran en el mercado internacional. Además , las semillas están totalmente privatizadas, bajo el control de grandes corporaciones. Existe todo un análisis global que hay que bajar a lo local, y parte del trabajo constante de las organizaciones del mundo campesino ha sido formar a las personas para que defiendan los mínimos derechos que aún tenemos frente al tema de la alimentación. 

¿Cómo se complementa lo urbano y lo rural dentro de tus espacios de activismo feminista? 

En la Marcha Mundial de las Mujeres y ANAMURI abarcamos temas que son comunes, aunque con distinta profundidad y con una gran diferencia etárea. En este momento con la Marcha estamos con el tema de la economía feminista, de los cuidados , la salud y los derechos sexuales y reproductivos. Por otro lado, ANAMURI trabaja principalmente la soberanía alimentaria, la defensa de las semillas, el tema del agua, las tierras y los territorios. Desde ese punto de vista, claro que existe complementariedad entre las organizaciones.

Ahora, desde que ANAMURI se adhirió al feminismo campesino y popular hay más acercamiento frente al tema, porque existe una claridad mucho más generalizada de que hay diferentes feminismos y que cada uno tiene algo que aportar en la defensa de las mujeres.

A casi 30 años de la conformación de ANAMURI, ¿cuáles han sido los avances en la visibilización de las mujeres indígenas y del campo? 

Ha habido muchos avances porque ahora hay participación política real de las mujeres, incluso candidatas a concejalas, alcaldesas y gobernadoras. Las mujeres se sienten activistas, que están aportando a la economía del país y saben que ellas también pueden participar en las políticas públicas. En eso ANAMURI se tiene que dar por satisfecha, en que ha logrado avanzar en los derechos de las mujeres en el escenario público, las ha sacado del espacio privado. Las mujeres están haciendo múltiples tareas, cumplen en muchas funciones, son dirigentas, productoras, ya no están relegadas solamente a su hogar o a las tareas domésticas. 

¿Y cuáles son los desafíos actuales de las organizaciones de mujeres indígenas, rurales y campesinas? 

Hay una consigna que dice “el campo se está quedando solo y viejo”, lo cual es una triste realidad. El campo está envejeciendo al igual que las organizaciones campesinas y sus dirigentas, no ha habido relevos generacionales importantes y a ANAMURI también le sucede eso. Las mujeres que constituimos la organización somos todas adultas y la migración de los jóvenes del campo a la ciudad es muy grande —ha habido todo un mensaje de los propios padres y madres campesinas de que “no quiero que mi hijo tenga esta vida”—. Ahora las pocas escuelas agrarias que existen en Chile tienen carreras absolutamente tecnologizadas para favorecer a la industria agrícola, sin la mentalidad de conservar las semillas ni de hablar de soberanía alimentaria, y eso significa un deterioro de la forma de vida. La gente que todavía no ha dividido sus tierras para venderlas está defendiendo lo poco que les queda en contra de un sistema exitista que potencia la agricultura industrial.

En otro tema y desde tu trabajo escritural, ¿cómo ves la importancia de la literatura y la poesía dentro de lo político? 

La literatura y la poesía influyen bastante en la política. Por ejemplo, a partir de un taller de poesía que hice durante la pandemia con las mujeres de ANAMURI, publicamos el libro Sembradoras de sueños, con escritos que plasman los sentimientos y vivencias del mundo agrario. Nos juntábamos una vez a la semana para hacer poesía y ellas escribieron cosas que nunca se habían atrevido a contar, cada una fue sacando temas de sus propias vivencias, en la tierra, en el campo, de sus niñez, de sus temores, de sus violencias incluso. Entonces cómo no va a ser importante la literatura desde ese punto de vista, desde escribir lo que tú vives, lo que te rodea. Una vez tuve un cáncer en las mamas y cuando me iban a dar el alta hice un recital al que llamé “La vida es una poesía” en la Biblioteca de Santiago, llegaron hasta las enfermeras que me trataron en el hospital. Para mí la vida es una poesía, así que con eso me quedo.

¿Por último, Mafalda, qué estás leyendo en este momento? 

En este tiempo me gusta mucho leer, si hay una pasión que tengo es precisamente la lectura. Acabo de terminar Amantes y enemigos de Rosa Montero, es un libro de cuentos que me regaló mi hijo y dice: “dedicado a una mujer y mamá que ha sido capaz de entregar todas las herramientas a su hijo para ser feliz. A mi revolucionaria Mafalda”



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